EL ÚLTIMO DISCURSO DE CAAMAÑO en el Congreso Nacional de la República…

NUESTRA HISTORIA RECIENTE.- Extraído de la Revista Ahora del día 5 de marzo de 1963, les presentamos el último discurso pronunciado por Francisco Alberto Caamaño Deñó. DIJO CAAMAÑO: 
PUEDES ESCUCHARLO AQUÍ…

Pueblo dominicano:  Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece. Ningún poder es legítimo si no es otorgado por el pueblo, cuya voluntad soberana es fuente de todo mandato público. El 5 de mayo de mil novecientos 65, el Congreso nacional me honró eligiéndome presidente constitucional de la República Dominicana. Solamente así podía aceptar tan alto cargo, porque siempre he creído que el derecho a gobernar no puede emanar de nadie más que no sea del pueblo mismo.

Bien legítimo era ese derecho, forjado por nuestras grandes mayorías nacionales en las elecciones más puras de toda nuestra historia, y depositado en mis manos en momentos en que el pueblo dominicano se batía, a sangre y fuego, para reconquistar sus instituciones democráticas. Esas instituciones, surgidas de la consulta electoral del 20 de diciembre de mil novecientos 62, fueron devoradas por la infamia y la ambición de una minoría que siempre ha despreciado la voluntad popular.

Los dominicanos se batían a sangre y fuego, porque esa minoría le arrebató sus libertades el 25 de septiembre de mil novecientos 63. Esa minoría es la misma que siempre ha robado, encarcelado, deportado y asesinado a nuestro pueblo. Y esa minoría representada por el Triunvirato que presidió Donald Reid, se llegó a creer que este país le pertenecía y que sus habitantes eran sus esclavos.

Todo esos vicios y errores significaban mayores dolores y miseria para el pueblo. La vida se hacía insoportable. Ni una sola esperanza cabía en el alma de los dominicanos mientras mantuviera gobernando los usurpadores del poder. Para que renaciera esa esperanza, se hacía necesario volver al gobierno libremente electo, es decir, a la democracia de la Constitución de 1963. Todo indicaba que la minoría gobernante, que pensaba y actuaba como propietaria de la Nación, permanecía en el poder aún en contra de los más vivos reclamos populares, orientados hacia el rescate del régimen democrático.

La rebelión armada contra la ilegitimidad de sus mandos se convirtió entonces en una imperiosa necesidad de su mando se convirtió entonces en una imperiosa necesidad social. Fruto de esa necesidad, y, de la determinación de los dominicanos a ser libres, sin importarles la cuantía del precio, estalla el glorioso movimiento del 24 de abril.

Ese movimiento inspirado en el más noble espíritu democrático, no era un cuartelazo más. Razón tenía el profesor Bosch cuando dijo, en los primeros días de la lucha, desde su obligado exilio en Puerto Rico, que los dominicanos estábamos librando una revolución social. Así era porque los sectores democráticos del pueblo, tras mucho sufrimiento y mayores frustraciones, habían tomado profunda conciencia de su papel histórico y, hermanados con los militares que respetamos el juramento de defender la majestad de las leyes, se lanzaron a las calles en busca de su libertad perdida.

Heroicamente, con más fe que armas, y con enorme caudal de dignidad, el pueblo dominicano abría de par en par las puertas de la historia para construir su futuro. Hondas, muy profundas eran las raíces de esa lucha. Desde la Independencia, desde la Restauración, caminaba el pueblo muriendo y venciendo, tras su derecho a ser libre. El 24 de abril era un paso gigantesco hacia la consecución de ese derecho y hacia la democracia que lo consagra plenamente.

Los enemigos del pueblo, aquellos que por encima de los intereses de la Patria colocan sus propios intereses en un vano empeño por mantenerse en el poder, hacían correr, como ríos, la sangre generosa. Pero sobre nuestros muertos, nos levantamos siempre con mayor fuerza. La Revolución avanzaba triunfante. América entera miraba con admiración hacia estas tierras, esperando ansiosa nuestro triunfo, porque en él veía una victoria de la democracia sobre las minorías opresoras que azotan, como plagas, todo Continente Americano.

Desgraciadamente, el 28 de abril, cuatro días después de iniciada la revolución, cuando la libertad renacía vencedora, cuando todo un pueblo se volcaba fervorosamente hacia el encuentro con la democracia, el gobierno de los Estados Unidos de América, violando la soberanía de nuestro Estado independiente, y burlando los principios fundamentales que sostienen la convivencia internacional, invadió y ocupó militarmente nuestro suelo.

¿Qué derecho podía invocar los gobernantes norteamericanos para atropellar así la libertad de un pueblo soberano? ¡Ninguno! Se hacían culpables de un gravísimo delito. De un delito que atentaba contra nuestra nación. Contra América y contra el resto del mundo. El principio de No Intervención, base fundamental de las relaciones entre los pueblos civilizados, fue tan brutalmente desconocido, que aún se escucha por toda la vastedad del planeta, el eco de las más duras repulsas contra los invasores.

En este Continente de hermanos, al lado del clamor de los gobiernos de Chile, Uruguay, México, Perú y Ecuador, que encauzaron su actuación internacional haciendo honor al sentimiento de fraternidad continental de sus respectivos pueblos, se escucha así mismo, en defensa de la No Intervención y de la soberanía de nuestro país, la vibrante y solidaria protesta de millones de latinoamericanos indignados.

La humillación que el gobierno de los Estados Unidos de América del Norte hacía sufrir a la República Dominicana. Militarmente invadida, significa también una dolorosa humillación para toda América. ¿Qué normas, qué principios pueden servir a las naciones americanas para hacer valer su vocación y su derecho a la independencia, cuando los gobernantes norteamericanos decidan, con vanas excusas y apoyados en la fuerza de sus cañones, imponerles su destino político? ¿Adónde ir a reclamar para que se reconozca el derecho de un pueblo a ser independiente y dueño de su propia vida? ¿Qué organismo, qué instituciones serán capaces de defender esos derechos y de alentar a los pueblos a ejercerlos, sin temor a la institución de los que se han erigido en árbitros de la determinación ajena?

Para desgracia de la República Dominicana y para desgracia de América Latina, la Organización de Estados Americanos, en vez de asumir la defensa de nuestra soberanía, en vez de sancionar severamente la intervención militar para hacer, de este modo honor que dice sustentar, no sólo se colocó de espaldas a su propia Carta Constitutiva, sino que también empujó, aún más, el puñal que hoy se clava en el corazón de nuestra patria.

Cuatro días después de la intervención militar norteamericana, la Organización de Estados Americanos decidió que se hiciera “todo lo posible para procurar el restablecimiento de la paz y la normalidad en la República Dominicana. En el texto de la Resolución que expresa lo citado nada se decía acerca de la violación de nuestra soberanía. ¡Nada! Ni una sola palabra hace referencia al monstruoso crimen del 28 de abril de 1965, que por largo tiempo conmoverá los frágiles cimientos del orden jurídico interamericano. Todo lo contrario, la Organización de Estados Americanos se desempeñaba entonces, ignorando y torciendo los principios, en justificar y validar la intervención militar norteamericana. La Resolución que consagra esa funesta medida, registrada como Documento Rev. De la décima reunión de consulta de Ministros americanos, revela muy a las claras la actitud del organismo regional a ese respecto. En efecto, en ella se lee lo siguiente: “Que le integración de una Fuerza Interamericana significará, ipso facto, la transformación de las fuerzas presentes en territorio dominicano en otra fuerza que no será de un Estado sino de un organismo interestatal” …

¡Transformación! He ahí la palabra que delata la connivencia de la Organización de Estados Americanos con los invasores. Se transformaban los marines en Fuerza Interamericana. Aquello fue la institucionalización del delito político como norma de las relaciones internacionales de nuestro continente.

La intervención norteamericana vino, pues, a detener el triunfo de la democracia dominicana y a apuntalar a la minoría que le niega y les disputa sus derechos a nuestros pueblos. Tras el llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, obra de los funcionarios de la intervención extranjera, se escuchó el desprecio al pueblo, se fortaleció la corrupción, y el crimen se extendió por el país.

Las ansias democráticas habían hecho virar la República entera. La causa que con las armas en las manos defendía el pueblo de Santo Domingo, era la. Esta ciudad cuatro veces centenaria fue la vanguardia, y desde ella nos lanzamos, triunfantes, contra los opresores criollos. Se vislumbraba ya la victoria de las armas democráticas, y cuando estábamos a punto de lograrla plenamente, Estados Unidos de América se interpone, invadiéndonos para salvaguardar los peores intereses y las más ruines ambiciones.

Fue entonces cuando tuvimos que ceder en algunos de nuestros objetivos, porque no podíamos vencer con las armas. Pero a pesar de toda la fuerza y de toda la violencia del poderío militar norteamericano, no cedimos por temor o por miedo a ser vencidos. Testigo es el mundo de la lucha que libramos, del coraje y la valentía de este pueblo en el terreno del honor y en el campo de batalla.

Oportuno es que me detenga aquí para rendir homenaje a los héroes que entregaron sus vidas luchando por la democracia y la soberanía nacionales. Ese Combatiente Desconocido, que reposa en esta Plaza de la Constitución, es el símbolo del sacrificio y del amor de los dominicanos por su libertad. Como él, murieron miles. De ese semillero de héroes son los que dieron la vida tratando de evitar que se creara el corredor internacional que detuvo nuestra marcha victoriosa. Por héroes son los que, con piedras en las manos, detuvieron los tanques de acero en el Puente Duarte. Héroes son los defendieron hasta el último aliento, la zona Norte de la ciudad. Héroes, los que recibieron, impávidos, los ataques aéreos al Palacio Nacional; héroes, los que durante los días 15 y 16 de junio, recibieron valientemente la metralla extranjera; héroes los del 29 de agosto. Héroes también, los que ha muerto en todos nuestros frentes, en campos y ciudades defendiendo la integridad nacional.

Nunca tal vez en la vida de los dominicanos, se había luchado con tanta heroicidad contra un enemigo tan superior en número y en armas. Luchamos así, con bravura de leyenda porque íbamos desbrozando con la razón el camino de la historia.

No pudimos vencer, pero tampoco pudimos ser vencidos. La verdad auspiciada por nuestra causa fue la mayor fuerza y el mayor aliento para resistir. Y resistimos. Ese es nuestro triunfo, porque sin la tenaz resistencia que opusimos, hoy no pudiéramos ufanarnos de los objetivos logrados.

Nosotros cedimos, es cierto, pero ellos, lo invasores que vinieron a impedir nuestra revolución, a destruir nuestra causa, tuvieron que ceder también ante el espíritu revolucionario de nuestro pueblo.

Ahí están, hablando por si solas, las conquistas alcanzadas y que constan, engrandecidas por la sangre de los caídos, en el acto institucional y en el Acta de Reconciliación Dominicana. Se nos han reconocido múltiples derechos económicos y sociales. Hemos logrado la fijación de elecciones libres a breve plazo. Hemos conquistado las libertades públicas, el respeto a los derechos humanos; el regreso de los exiliados políticos, el derecho de todo dominicano a vivir en su patria sin temor a ser deportado. Pero por encima de todo, hemos logrado una conquista inapreciable, de fecundas proyecciones futuras; ¡La conciencia democrática! Conciencia contra el golpismo, contra la corrupción administrativa, contra el nepotismo, contra la explotación y contra el intervencionismo. Hemos conquistado conciencia de nuestro propio destino histórico.

En suma, conciencia del pueblo en su fuerza que, si el 24 de abril le sirvió para derrotar a las oligarquías civil y militar, hoy, nutrida por esta maravillosa experiencia y esta lucha asombrosa, le permitirá forjar, en la paz o en la guerra, su libertad y su independencia. ¡Despertó el pueblo, porque despertó su conciencia!

Esos son logros de esta revolución. No son solamente nuestros, sino también de América. Los principios que aquí han sido defendidos, son los mismos que hoy conmueven a todas sus naciones. Cuando los pueblos situados al sur del Río Bravo expresaban su solidaridad con nuestra lucha, junto al estímulo fraternal iban también, profundamente unidos, sus más caras e íntimas aspiraciones. Desde México, hasta Argentina, la democracia es el sueño que millones de hombres quieren convertir en realidad. Sueño de paz creadora de libertad decorosa.

Pero ese bello sueño es turbado, hasta convertirse en pesadilla, por la codicia y la explotación de minorías ajenas al noble ideal de la convivencia humana.

Si algún mérito me cabe por haber participado preeminentemente en esta revolución democrática, gracias al honroso mandato presidencial que me otorgara el Honorable Congreso Nacional, no es otro que el de haber comprendido esa dolorosa realidad en nuestro pueblo, y haber luchado ardientemente por tratar de transformarla en un porvenir cargado de esperanza.

Creo firmemente que el pueblo dominicano terminará por lograr su felicidad y el 24 de abril será siempre un símbolo estimulante hacia la consecución definitiva de ella. Es nuestra obligación, como defensores de la democracia, abonar la siembra generosa que comenzó en esa fecha inmortal. Pero abonarla con entusiasmo creciente, con todo el espíritu, sin vacilaciones, sin descanso. El mejor modo de hacerlo está en la unidad de todos nosotros, en la vigilancia de todos nosotros, dispuestos mañana, como lo hemos estado hoy, a correr todos los riesgos en defensa de la democracia dominicana y del honor nacional.

Ante el pueblo dominicano, ante sus dignos representantes que aquí encarnan el Honorable Congreso Nacional, renuncio como presidente Constitucional de la República. Dios quiera y el pueblo pueda lograrlo, que esta sea la última vez en nuestra historia que un gobierno legítimo tenga que abandonar el poder bajo la presión de fuerzas nacionales o extranjeras. Ya tengo fe en que así será.

Finalmente, invito al pueblo aquí reunido a hacer el siguiente juramento: En nombre de los ideales de los Trinitarios y Restauradores que forjaron la República Dominicana, inspirados en el sacrificio generoso de nuestros hermanos civiles y militares caídos en la lucha constitucionalista. Interpretando los sentimientos del pueblo dominicano: Juramos, luchar por la retirada de las tropas extranjeras que se encuentran en territorio dominicano.

Juramos luchar por la vigencia de las libertades democráticas y los derechos humanos y no permitir intento alguno para restablecer la tiranía.

Juramos luchar por la unión de todos los sectores patrióticos para hacer a nuestra nación plenamente libre; plenamente soberana; plenamente democrática. Finalizó diciendo Caamaño.

 

 

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