LECTURA DE AYER: Un hijo muy insensato….

ALCARRIZOS DIGITAL PUNTO NET y las cosas dominicanas. Extraído del artículo de Mario Emilio Pérez en la Revista Ahora de fecha 8 de enero de 1973.  El superegoista.
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Desde los cinco años Pamán dio muestras del egoísmo que le acompañaría durante su vida en la tierra en el otro mundo.

Pues, les arrebataba los objetos a todos los niños menores que él, mientras repetía como un loco: son míos, son míos, son míos.

Desde esa edad privaba en bello, y se pasaba largas horas mirándose en el espejo.

Si alguien le reprochaba su narcisismo precoz, respondía, el que nació bonito, que lo celebre. El que nació feo, que llore.

Hemipléjico del efecto, Pamán se limpiaba la cara cuantas veces alguien le daba un beso de cariño.

En sus juegos era rudo, y más de un niño sufrió los efectos de algún tablazo que le ajustaba el colérico chicuelo, dizque de jugando.

Pamán nació con un amor excesivo al dinero y a todo lo que con éste puede obtenerse en el mundo.

Por eso sus padres comenzaron a padecer con sus tiros a las carteras mal puestas y al pañito desde que el niño se dio cuenta del valor inmenso que tenía el vil metal.

Muchas veces la madre metía la mano en la cartera con aire confiado para pagarle a una canastera, y de repente soltaba un grito.

Ay, ay, ay, maldito ladrón del demonio. Me cogió un peso, me cogió un peso.

Pamán cogía las cosas con calma, y cuando negaba el tablazo con el acento de convicción que a veces los padres se excusaban por haberle levantado una calumnia.

Ay, mi hijito, perdóname, pero como eras tú el único que estaba aquí cuando dejé la cartera sobre la cama, pensé que habías cogido los cinco pesos.

Pero, mamá, por Dios. Eso es imposible. ¿Cómo voy a cogerme cinco pesos sabiendo la situación en que estamos, con papá sin trabajo?

Es verdad, mi hijito, tiene que haber sido la sirvienta nueva. Si hasta cara de levantica tiene la maldita esa. Pero desde que cumpla, la retiro.

Sus padres se divorciaron cuando Pamán tenía once años. La madre se quedó con el muchacho, mientras el padre se desentendía de tal manera de él que dejó de dar dinero de golpe y porrazo.

La madre se dio tremenda fajada, trabajando como mecanógrafa en horas de la mañana, la tarde y la noche, para que al muchacho no le faltara nada.

El superegoista parecía no darse cuenta del esfuerzo sobrehumano que su progenitora tenía que hacer para meter el moro en la casa, y se mantenía manifestando en todos los tonos su inconformidad.

Yo no sé para qué nací en esta maldita casa. Vivo en medio de una miseria de garabatico, mientras mis compañeros de colegio hacen alarde de tela y cuartos para gastar con las niñas. Tú debiste haberme mandado donde el viejo. Por lo menos andaría en carros de pescuezo interminable, y me bañaría diariamente en piscina, mientras dos o tres sirvientas me llevan cocacolitas con aire respetuoso y adulón. Sinceramente, no te agradezco que por sublime amor maternal me hayas condenado a pasarme dos y tres meses con tres pantalones y cuatro camisitas. Hubiera preferido las patadas recias del viejo en los glúteos, pero con comodidades, a tus cariños y delicadezas en medio de arroz con habichuelas, y pedacitos de carne que hay que buscar con lupa.

La madre contenía las lágrimas, y de inmediato acudía donde Ramona la prestamista en busca de cinco o diez pesos al módico veinte para el eterno insatisfecho que era su hijo.

Cuando se los entregaba al muchacho, este ni siquiera tenía un gesto de condescendencia, sino que se metía el dinero en el bolsillo con naturalidad afectada.

A Pamán le gustaban las cosas caras, y cuando le pedía dinero a su madre para un par de zapatos, hacía hincapié en que tienen que ser de treinta pesos para arriba.

Repetía continuamente que lo barato sale caro, y su madre tenía que fajarse duro para que a él no le faltaran nunca las camisitas al último guay de la moda, y los pantaloncitos ceñidos a las piernas, de poliéster o dacrón.

Sin embargo, el muchacho, convertido ya en esbelto joven pitado por las muchachas en las calles, parecía impermeable a la gratitud y el afecto frente a la mujer que le había dado la vida, y que se la mantenía a través del moro levantado a fuerza de teclazos en la máquina Olivetti.

Conocedor de la debilidad de su madre, Pamán aprovechaba cualquier circunstancia para herirla, como si se tratara de la asesina de su novia, o de una enemiga política.

Te vas a fuñir en el trabajo, porque me dicen que tu jefe va a poner a una indiecita con la que se está dando banquete hace unos días. Así que te veré viviendo de la caridad pública. Mientras tanto, yo cogeré para donde el viejo. Estoy seguro que me aceptará con gusto, porque le vive diciendo a todo el mundo que soy estudiante brillante de bachillerato. Verdad que ese viejo es vivo y sabichoso. A todo el mundo le dice que los estudios me los ha costeado él y que tú lo llamas hasta para que me compre los cigarrillos. Y lo dice con una seriedad del diablazo. Mi viejo es una tranca. Por eso ha llegado lejos en la vida. Quiero que sepas que es el tercer hombre en la compañía, y todos los años le dan bonificaciones por más de quince mil tallos. Ayyyy, qué vidota me voy a dar metido entre burgueses con hijitas de piernas gorditas y cutis de los que tienen la gente que nunca ha pasado hambre. Y tú te quedarás aquí con tus escándalos de mujer frustrada.

Con el fin de ahorrarse unos chelitos la madre decidió aprovechar los especiales de los supermercados, comprando por junto.

Pero tuvo que desistir de la empresa, debido a que su hijo acabó con todos los comestibles en una semana.

Gastaba tanta barra de mantequilla en un mes, que su madre decidió limitar la compra de ese importante acompañamiento del pan y otros alimentos.

Era tan grosera su forma de usar el producto, que un amigo a quien invitó a comer a la casa, le dijo en son de broma que él le untaba el pan a la mantequilla.

Si la madre compraba un bizcocho de los grandotes redondones de pasas, Pamán se lo adjudicaba en 28 horas aproximadamente.

Y si la madre protestaba por este alarde gastronómico, el muchacho le salía con un de atrás palante; No me embromes la paciencia, las cosas son para comerse. Ahora, si no quieres que yo me las coma, pues, no las traigas, cojollo. Ofrézcome, San Silvestre, qué mujer del diablo es esta.

Pese a que el joven sabía que su madre trabajaba duro para mantener el hogar, y para sufragar los gastos que surgían de su parejería, se incomodaba cada vez que su madre se daba algún lujito.

Ohhh, pero miren a esta vieja dándose plante. Está tirando tela que mandan madre. Ya no le caben los vestidos en el closet, mientras tu hijo buenmozo solo tiene cuatro trajes. Piensa un poquito más en los otros, vieja egoísta, que yo no le pedí que me tirara al mundo.

Agobiada por el duro trabajo a que tenía que someterse para mantener a un tajalán a quien le gustaban las cosas buenas, su madre cabildeó en forma hábil y permanente hasta conseguirle un empleo en la administración pública.

La abnegada mujer tuvo que hacer acopio de fuerza y dignidad para evadir las sugerencias equívocas del hombre que puso a su hijo a funcionar.

No, don Pocholo, le he pedido un favor. Pero si para usted poner a mi hijo a trabajar, tengo yo que hacer cosas que rechazo desde el fondo de mi educación, temperamento y dignidad, prefiero seguir manteniéndolo hasta que me queden fuerzas.

El engreído funcionario se sintió tocado en sus fibras bástate insensibilizadas por largos meses de poder, y nombró a Pamán.

Dotado de una inteligencia poco común, y de grandes ambiciones que disimulaba bajo un exterior apacible y ligeramente retraído, el joven se propuso dirigir la oficina a la que había ido como modesto empleado.

Cuando cobró los cuartos del primer mes de trabajo, le metió un cuentazo a la vieja.

Dijo que por no haberlo metido a tiempo en la nómina de pagos el encargado de personal no había recibido el cheque.

Pero un hermano de la madre dio el chivatazo, y la pobre mujer inició un llanto de horas por la ingratitud de que hacía gala su hijo en cada acto de su existencia.

Pero la respuesta del hijo fue cruel. Yo no nací para pobre, como dice una canción mexicana, y como tú me arrancaste de los brazos del viejo, tienes que resignarse a que los cheles que yo gane me los eche en ropa y parrandas con hembrones que pasan por doncellas en sus hogares. Porque si yo viviera con mi papá estaría en el puro papeo.

Dos años después Pamán conducía al altar por amor al dinero, a la hija única de un conocido industrial.

El padre de la novia les obsequió como regalo de boda una lujosa residencia amueblada, donde Pamán concluyó sus estudios tras ser nombrado en un cargo botella de 700 pesos mensuales, por gestiones de su suegro.

Solo de cuando en cuando se acordaba de su madre para enviarle cincuenta o sesenta pesos.

Esta continuó trabajando duro largos años hasta que fue jubilada cuando el reuma deformaba en forma implacable sus brazos y manos.

Murió con el dolor lacerante de la soledad y diciendo a los vecinos reunidos en torno de su lecho: Llamen a Pamán, que quiero velo y besarlo antes de morir.

Pero el hijo mimado no llegó a tiempo. Cuando sus seis pies y pulgadas de estatura cruzaron el umbral del aposento, todos lo miraron con una mezcla de pena y reproche.

Aunque sentía una indefinible melancolía, Pamán no derramó una lágrima ante el cadáver de su madre, aceptando con aire distraído los clásicos te acompaño en tus sentimientos.

Acostumbrado al aire acondicionado que tenía su casa hasta en el patio, no podía evitar una sensación constante de disgusto frente al calor que imperaba en la pequeña habitación donde se apretujaban los vecinos y curiosos.

Lanzó una mirada en derredor, y pensó: La vieja tenía muy abandonada esta casa. Tendré que hacerle unos arreglos en forma si quiero conseguir unos cuartos alquilándola. Voy a hablar mañana con don Tijilo para que haga un presupuesto. Don Tijilo trabaja bien. Sabe trabajar, eso no es cuento.

 

 

 

 

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