EMBLEMÁTICO DISCURSO DE PEÑA GÓMEZ durante el mitin de recibimiento del 20 de julio de 1997. 1/3

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DOCTOR PEÑA GÓMEZ A SU REGRESO DEL PRIMER INTERNAMIENTO EN LOS EEUU TRAS LA CURA DEL CÁNCER QUE FINALMENTE LE GANÓ LA BATALLA. CITAMOS.
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Compañeros: Conmigo han venido parte de los médicos que se ocuparon por devolverme la estabilidad de mi salud. El Doctor Alfredo Kaufmann, fundador del Hospital Clínica de Caracas, que viajó conmigo a los Estados Unidos, estuvo en la operación, y ha sido mi médico durante más de 10 años. La Doctora Norma Pestano, que ha trabajado arduamente en la administración de tratamientos naturales; cubana, pero que quiere mucho a la República Dominicana.

Posiblemente el dominicano más distinguido de la ciudad de Nueva York, el Doctor Rafael Lantigua, jefe de consulta externa del Hospital Prebisteriano de la ciudad de Nueva York y actualmente designado el único latino catedrático de medicina de la Universidad de Columbia. ¡Un aplauso a ese extraordinario perredeísta!

Ahí está el Doctor Radhamés Rodríguez (Rodrigón). El Doctor Frank Joseph Thomén, que estuvo también con nosotros. Aquí está la esposa del Doctor Kaufmann.

Ahora déjenme sólo con mi pueblo.  Anoche recibí una llamada del Presidente Carlos Andrés Pérez. Me pidió que no me emocionara, que no improvisara, para que no me emocionara. Voy a comenzar a leer. Señores miembros del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario. Dominicano. Señores dirigentes del Distrito Nacional, del Comité Municipal, del frente de masas, de regionales, del exterior. Militantes y participantes del Partido Revolucionario Dominicano. Dirigentes y militantes de los partidos hermanos del Acuerdo de Santo Domingo, del MIUCA, del PRI, del PSP. Señor Donald Reid Cabral, presidente en funciones del Partido Reformista Social Cristiano. ¡Un aplauso para Donald Reid! Señor Luis Ayala, Secretario General de la Internacional Socialista, que vino desde la lejana tierra de la India para estar con nosotros y volar ahora mismo rumbo al África. Pueblo dominicano en general. Médicos hermanos que me han acompañado. Señoras y señores.

Como un veterano capitán acostumbrado a navegar en medio de las tormentas y librar sobre el campo de batalla de los mares los más duros combates, he regresado a mi puerto cargado de fatigas, con el cuerpo y el alma salpicados de cicatrices, después de completar la más difícil de mis travesías.  Luchar contra esos amigos del Partido Reformista y contra el Presidente Balaguer durante 20 años. ¡Qué difícil es luchar durante 20 años con mi viejo maestro el profesor Juan Bosch! ¡Qué difícil es!

Pero luchar contra el cáncer, señores, ¡qué dificilísimo es! Y en la batalla contra ese flagelo, ni he perdido, ni he ganado.  Estamos tablas. Ciertamente, acabo de desembarcar sobre la tierra que me vio nacer, a la que regreso para preparar a los próximos líderes de mi larga carrera de guerrero de la democracia, antes de emprender, más tarde o más temprano, el último viaje, haciendo provecho de la generosa prorrogación de la existencia que se me ha conferido como un favor inestimable de Dios. 

Los acontecimientos y sucesos que me han afectado, juntamente con mi partido, me han permitido comprobar el carácter pasajero del poder, la salud, la fuerza física y el resplandor fugaz de la gloria.  ¿Quién pudo imaginar, señores, que el líder que se dirigió al país desde este mismo lugar en medio de un delirio de muchedumbres en el cierre de campaña electoral pasada, lleno de vigor y a un paso de la victoria, porque contaba, y cuento, con la única mayoría verdadera que existe en este país, el destino le tenía reservado el doble castigo de un revés electoral inesperado y nueva recaída de una dolencia cruel, que me arrastró dos veces a la sala de operaciones del Memorial Hospital, donde quedé postrado en una cama, privado de la capacidad de auto alimentarme, sin posibilidad aparente de rescate por parte del progreso técnico de la ciencia médica, esperando en sólo semanas el desenlace inevitable de la muerte? 

Este inesperado declive, desde la cumbre de la gloria y el poder político, a la indisposición física y a la enfermedad, encontró su desgraciada contrapartida en una dirección política enemiga y en una parte de la sociedad que en las últimas dos campañas electorales me cubrió de ignominia, tachándome de antipatriota, de vendido a los Estados Unidos, a Canadá, a Francia y a otras potencias industriales, de agente encubierto de la República de Haití, de sacerdote de vudú, de aliado del narcotráfico internacional, el sembrador del odio y de la división de la familia dominicana, y encima de todo eso, señores, no poco, me cubrieron de diatribas por el hecho de que el creador del universo pintó de negro, con el pincel maravilloso de sus manos, la cubierta de mi piel. 

Adepto, como lo somos, a trasladar el léxico de la astronomía al lenguaje de la política, creía erróneamente, creí equivocadamente, bajo los efectos de los infortunios sufridos, que como la loma que tiene una cara luminosa, que refleja resplandores de la luz del sol, y una cara oculta que es asiento permanente de la sombra, asimismo el pueblo dominicano tenía una cara de luz, donde resplandecía la generosidad del amor, el bien y la fraternidad, y una cara oscura de odio y resentimiento, pero no las demostraciones de cariño que he recibido de toda las aceras de la política nacional, me han convencido que más que la Luna, el pueblo dominicano es como un sol, que si bien tiene algunas manchas, algunas manchas oscuras, es un astro mayor, encendido por una llamarada de luz.

¡Cuánto amor, cuánta fe, cuánta fraternidad llegó a esa cama del Memorial Hospital!  Estas terribles pruebas, que fueron como puñales que se me clavaron en el alma, unidas a las energías física y mental derrochadas y consumidas entre batallas electorales, por la comprobada estrecha asociación de la mente con el cuerpo físico, están entre las razones principales que me llevaron al borde de la tumba, desde donde me he levantado, entre otras razones, porque cuando la ciencia médica perdió confianza en mí recuperación, todo el pueblo dominicano, partidarios y adversarios, amigos y enemigos, unieron sus voluntades ante los altares y en las calles, en los hogares, en el refugio solitario de sus propias conciencias, para rogarle fervorosamente a Dios que me preservara la vida… y Dios las escuchó.  ¡Una nación generosa! No hay ningún poder sobre la tierra mayor que el de la oración o el de la voluntad humana concentrada hacia la consecución de un fin. Eso fue lo que hizo esta nación generosa.

¡Cuántos obispos, cuántos sacerdotes, como Emiliano Tardif, el Padre Luis Gómez, los Terciarios capuchinos, encabezados por Máximo Rodríguez, por mi inolvidable amigo el Padre Vargas, de La Vega; pastores y fieles de todas las creencias, rezaron por nosotros, tanto aquí como en los Estados Unidos, y lo hicieron hasta sacerdotes de la religión hindú, en la lejana tierra de la India, allá en el Sur, en una pequeña Iglesia, en una ciudad llamada Urupy! ¡Hasta en sánscrito han orado durante seis meses por la recuperación de quien tiene el honor de dirigirle la palabra! No olvidaré la solidaridad de una nutrida representación de los síndicos del país; la de los máximos dirigentes de los partidos hermanos del Acuerdo de Santo Domingo, del MIUCA, del PTD; de las organizaciones populares y comunitarias que me entregaron un pergamino por conducto del Doctor José Antonio Cruz Jiminián. Tampoco olvidaré la carta afectuosa de este viejo compañero de lucha, que no pudo viajar a los Estados Unidos, Narciso Isa Conde.

Conmigo, en todo momento, estuvieron en mi cabecera los altos, medianos y dirigentes de base del Partido Revolucionario Dominicano; estuvieron todos mis amigos del Acuerdo de Santo Domingo, encabezado por Fernando Álvarez Bogaert, Rafael Corporán de los Santos.

Cuando abrí los ojos, después de la operación, estaban ahí, a mi lado, los leales dirigentes de las seccionales del exterior, encabezados por Rafael Trinidad y Pérez Valdés; de Miami, de Nueva Jersey, de Nueva Inglaterra o de Puerto Rico, cuyo representante se encuentra, en estos momentos junto a nosotros; y de incontables ciudadanos que noche y día velaron, junto a mi habitación, mis horas de insomnio, y acudieron a transmitirme el bálsamo de su consolación, viajando, a veces, desde considerables distancias, dentro y fuera de los Estados Unidos, sólo para regalarme un apretón de manos y reforzar mi fe.

Inconmensurable fue la solidaridad de mis amigos empresarios, que han estado a mi lado constantemente y girándome visitas y haciéndose cargo, espontáneamente, del alto costo de mi asistencia médica, con desinterés y fraternidad. No se trata solamente de la transportación aérea que me facilitaron para estar presente en los mejores hospitales de Santo Domingo y también de Venezuela y de los Estados Unidos.

No se trata de la ayuda material que me prestaron, sino de su presencia constante, señores. Y es que el amor y la amistad valen mucho más que el dinero.

La reconciliación equivale a la reanudación del amor, del perdón recíproco, y esa es la palabra que mayor refleja la tranquilidad de los espíritus y la derrota del stress, ese término extraño causante de las enfermedades modernas que se han convertido en flagelo de la humanidad, especialmente de políticos y empresarios. El estrés mató a Willy Brandt. El estrés mató a Miterrand. El estrés mató a Guillermo Ungo. El estrés mató a Lidia Smith. El estrés mató a John Smith. El estrés mató a Paco Fernández Ordóñez. El estrés mató a Maiker Man. El estrés mató a Joter Nois. El estrés ha matado, señores, a los líderes más importantes en el campo internacional y en el campo nacional.

Se llevó a dos vicepresidentes del PRD, Manuel Fernández Mármol y Jacobo Majluta.

Yo soy un superviviente. Porque no me rindo. Porque tengo una voluntad de hierro, y recorrí la India de extremo a extremo, la República Popular China, de extremo a extremo, recibí los cuidados de la medicina norteamericana, la medicina convencional de este gran país, pero también la medicina alternativa, y ese esfuerzo conjunto ha hecho posible, junto a la voluntad de Dios, que hay que ponerlo, primero que nada, que yo esté con ustedes esta tarde.

Una visita de mi viejo maestro, el profesor Juan Bosch, de cuyos labios volví a escuchar con satisfacción la palabra hijo, una palabra que él pronunciaba con fruición cuando le hablaba a Patricio y a León, y al tercero que se la aplicaba era a mí. Y ese día, cuando no podía tragar, ni comer, ni beber, él me dijo hijo. Y esa fue una medicina sanadora para mí, y un gesto que acortó distancias entre dos fuerzas políticas humanas convertidas en enemigas.

Una loable visita, tanto en Nueva York, como en Miami, fue la del Presidente Leonel Fernández, y su reiterada oferta de solidaridad en mi favor personal y el de mi familia, y le agradezco, como si en otra circunstancia hubiera tenido que recibirla, tanto en esos encuentros como en otros tres que celebramos, aquí en el país, el año pasado. Hemos establecido un vínculo de mutuo respeto y de amistad. 

Después de las gracias a Dios, mi supervivencia se ha debido a la medicina convencional y tradicional, y a la dedicación abnegada de mis médicos, entre los que tengo que nombrar a los eminentes doctores Murray y Brenann, Moche-Shei, Martin Carpey, de Telor Harper y Center, y a los otros médicos que constantemente me han administrado mi tratamiento.

Tengo que nombrar al doctor Alfredo Kauffmann, que ha sido mi médico personal durante muchos años, y que me acompañó de Caracas a Nueva York; al doctor Rafael Lantigua, recién designado catedrático de la Universidad de Columbia.

También tengo que mencionar al doctor Irving Franco, del Cleveland Foundation Center, a la diligente y solidaria doctora Norma Pestano, por su dedicación ferviente, junto al físico venezolano doctor Alberto Milano la Roca y su familia, por su tratamiento de medicina natural, y junto a ellos no puedo omitir el nombre del doctor Francisco Pajarilla Bono, que viajó intensamente, junto a nosotros, por el Asia, los Estados Unidos y Venezuela; el doctor Frank Joseph Thomen, el doctor William Jana Tactuck, el doctor Rhadamés Rodríguez (Rodrigón), el doctor Alberto Santana, la licenciada Carmen Prestinares, la doctora Gladys Madera, el doctor Reix, el doctor Salvador Armengol. Culmino las menciones de mi asistencia médica con el nombre del distinguido profesor de la Universidad de Miami, el cirujano del Jackson Memorial Hospital, doctor Rafael Antún Batlle, quien, al margen del partidismo político, ha sido una de mis más consecuentes ayudas, pero, por encima de todo, tengo que valorar la inmensa capacidad de abnegación, amor y dedicación de mi esposa, quien, junto a mis hijos, fueron el mayor soporte contra la adversidad. CONTINÚA PARTE 2.

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