¡Así era Matías Ramón Mella!

Hacia 1884, cuando todavía no existía la tríada de los Padres de la Patria, Manuel de Jesús Galván se refirió al prócer de La Misericordia y del Conde en estos términos: “El nombre de RAMÓN MELLA ha resonado confundido con los de los héroes más simpáticos de la epopeya nacional.

Nada más justo que repetir con patrio orgullo ese nombre, que es el de uno de los hijos más ilustres del suelo dominicano; el de uno de los hombres mejor templados por la Naturaleza; raro ejemplar de un carácter completo, igual, consecuente en sus principios y sus fines; de un corazón magnánimo, siempre lleno de ideales superiores a los puntos de vista limitados de la pueril vanidad y de la loca pasión humana: hombre de pensamiento y reflexión, de inteligencia vasta y bien cultivada; incapaz de temor, audaz por prudencia, y pronto a la acción y al sacrificio cuantas veces columbró un objetivo digno de su esfuerzo, O” No cabe dudas: Mella fue, al decir de José Gabriel García, un hombre de resoluciones atrevidas y de voluntad nada vacilante.

En 1843, comisionado por Duarte, fue Mella quien viajó a Los Cayos, Haití, para concertar un pacto político con los integrantes del movimiento llamado de La Reforma con el fin de derrocar al dictador Boyer. Más tarde, Duarte lo designó responsable de coordinar en la región norte todo lo relativo al pronunciamiento contra la dominación haitiana. Su gestión fue tan exitosa, que se le considera el iniciador del Cibao en el movimiento independentista.

También, Mella fue quien concertó una alianza táctica con el sector conservador a fin de materializar exitosamente la declaración de independencia; y, gracias a ese acuerdo, según Alcides García Lluberes, ¡el 27 de febrero fue! A continuación, deseo rememorar dos episodios reveladores de la firme e intransigente personalidad de Mella, cuando se trataba de defender principios éticos o nacionalistas.

Contra el injerencismo foráneo. En el decurso del devenir republicano, nuestro país ha tenido el infortunio de ser víctima de constantes intromisiones por parte de algunos diplomáticos quienes, al margen de sus funciones, han intentado inmiscuirse en asuntos de política doméstica y exterior.

Tal fue el caso, en 1856, de Antonio María Segovia, entonces cónsul de España en Santo Domingo. En esa época el país político se estremecía como consecuencia de las pugnas entre santanistas y baecistas; al tiempo que eran notorias las presiones que ejercían algunos representantes foráneos con tal de someter a la joven República al dominio de sus metrópolis. Así las cosas, el cónsul Segovia, interpretando arbitrariamente el artículo 7 del tratado dominico español, procedió a abrir un libro de registros para descendientes de españoles que desearan matricularse como súbditos de España.

Esa facilidad, naturalmente, fue aprovechada por los dominicanos adeptos del partido rojo o baecista quienes, una vez matriculados, se consideraban ciudadanos españoles y, por tanto, no podían ser perseguidos, apresados o deportados por parte del gobierno que presidía Pedro Santana. Se originó una aguda crisis política y, al cabo, el general Santana, con las manos atadas, se vio precisado a dimitir del poder. Pero antes de eso, se efectuó una reunión de notables en la que se llegó a proponer la instalación de una dictadura provisoria y se recomendó, para ejercerla, a nadie menos que al general Ramón Mella.

Naturalmente, el prócer rechazó tan descabellada propuesta no sin antes emitir su opinión en torno a cómo debía enfrentarse, para conjurarlo, el escándalo generado por el cónsul español: “El Gobierno constitucional tiene fuerza bastante en la ley para hacerse respetar y salvar la Nación. Yo, Gobierno, cojo a Segovia, lo envuelvo en su bandera y lo expulso del país”.

Antes de Capotillo. El otro hecho al que paso a referirme tuvo lugar en 1863, apenas meses antes del célebre Grito de Capotillo. Sucedió que Ramón M. Mella estuvo de visita en la ciudad de Santo Domingo y su presencia coincidió con varias tentativas revolucionarias que en esos días se habían originado por la línea noroeste en protesta contra la dominación española, las cuales, naturalmente, no prosperaron. Se dice que enterado el Capitán General de la colonia, Teniente General Felipe Ribero, de que Mella se encontraba en la capital, requirió su presencia en el palacio de Gobierno para tratarle un asunto de interés oficial.

Y cuenta la historia que la reunión discurrió más o menos así: después del saludo protocolar, el Capitán General se dirigió a Mella y le dijo: “Supongo, General, que usted no habrá estado complicado en esas vagabunderías que han tenido lugar en algunos pueblos de la isla.” A lo cual contestó Mella: “-No, General; pero si algún día usted oyera decir que el General Mella está comprometido en algún movimiento, jure que no es vagabundería.” ¡Así era Mella! FUENTE: Juan Daniel Balcácer y Listíndiario.com

 

 

 

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