La Navidad China y el gran sabio Confucio…

 ALGO DE CULTURA.- Maestro y modelo de diez mil siglos”. H he ahí lo que se lee en el frontón de su templo; pues, en efecto, su nombre significa magister. Y vino al mundo hace dos mil quinientos años, en la ciudad de Kiu fao, lo que significa Cerro contorneado.

Esta ciudad forma parte de la provincia de Chang Tong, que es limítrofe de Pekín. Pues, sus padres eran estériles, y para obtener un hijo ofrecieron un sacrificio al cielo. Colocaron sobre la montaña de Ngni Kieu, al aire libre un pollo cocido, entero; pusieron aparte, dispuesto sobre un trípode, un incensario, en el que se consumía madera de sándalo. He ahí que poco tiempo después un animal llamado kiling se presentó en la aldea de Kieu li. Era una especie de unicornio, pero cubierto de escamas de pez. Llevaba un libro, en el que estaba anunciado el futuro nacimiento de Confucio. Reformador del mundo. De este modo fue un hermoso milagro.

Y cuando nació, se oyó a los genios cantar en los aires, y sobre su pecho se leyeron estas palabras. He aquí el que debe regenerar el mundo. Tal fue aquél que celebran cada año, el 4 de diciembre. En la gran fiesta oficial del Estado, se celebra con una pompa solemne. Letrados y funcionarios civiles deben rendir a Confucio un culto casi divino. Pues, Confucio es considerado como divino por los emperadores, hijos del cielo y que han recibido el poder de deificar.

Con treinta días de anticipación están ya en marcha los preparativos. Se comienza por adornar el frontón del templo con colgaduras de seda roja, color de fiesta, mientras tapizan el interior con banderolas innumerables, en las que se leen los elogios del deificado. Faroles de todas formas y cubiertos de seda salpican los fondos. Cuando se aproxima el gran día, se mata una vaca cebada, on cordero y un cerdo; se les vacía y se les limpia, y entonces, la víspera de la fiesta, son colocados ante el altar, sobre unos banquillos.

Antes, ocho jóvenes se han ejercitado en el canto del himno a Confucio; otros 25 han repetido la danza sagrada que se verificará delante de la tablilla del altar, en donde están grabados los títulos de magister otorgados a él por los emperadores, hijos del cielo. Y esta tablilla está reputada como que contiene sus manos, que van a recibir los honores y sacrificios. He aquí lo que dice el lienzo: Cuando pensamos en vos, ¡oh, santísimo maestro!, nos sentimos elevados hasta el cielo.

Allí vemos con transportes vuestras manos inmortales, que gozan de una felicidad infinita. Si estamos aquí presentes, es porque somos vuestros discípulos. Conocemos las reglas del mundo y de la política que vos nos habéis dado; sí, vos estáis aquí presente. Humildemente prosterna, os rendimos nuestros homenajes; dignaos aceptarlos. Acabamos de reavivar en nuestras memorias el recuerdo de vuestras virtudes, de vuestros trabajos y de nuestros méritos. Nosotros haremos todos nuestros esfuerzos para seguir vuestros ejemplos. Contamos con vuestro auxilio. Por tres veces, respetuosamente, os hacemos nuestra triple ofrenda.

Los sones melodiosos y dulces de ocho flautas de bambú acompañan este canto e impresionan profundamente. Dos enormes candelabros, ricamente adornados, arden sobre el altar y entre ellos se elevan los humos perfumados de un lujoso incensario. Los asistentes, de rodilla, con una gran compunción, dejan correr las lágrimas de sus ojos. Y es la danza. Los 25 jóvenes van a ejecutarla en el patio que está delante del altar. De dos en dos, vestidos como los guerreros del tiempo de Confucio, salen por el lado norte.

Pero apenas han dado algunos pasos, cambian de repente el orden en el que habían venido, y con sus actitudes, sus gestos, sus evoluciones, figuran un orden de batalla. Después de lo cual adelantará más aún hacia el mediodía; forman después una especie de línea, y he aquí que, de repente, se les ve inmóviles como montañas. Por fin vuelven a la sala y recobran el orden primitivo. Una vez en filas delante del altar, se prosternan entonces por tres veces al son de las flautas de bambú, que no ha dejador de sonar. Es el fin de esta ceremonia. Por la noche, en las salas laterales del templo, termina la jornada con un festín que consume las vituallas ofrecidas a los manes de Confucio.

Al día siguiente, o al otro, es la procesión solemne y la representación. El teatro está construido en la parte baja del patio de honor, frente por frente del altar. La procesión ya, pues, por las calles de la ciudad. A la cabeza figuran una veintena de caballeros armados de lanza como en el tiempo de Confucio. Luego una muchedumbre a pie, llevando banderas llenas de inscripciones glorificadoras, faroles multicolores fijados en el extremo de las largas pértigas, parasoles de seda roja, insignias de las altas divinidades y de las altas funciones que ejerció Confucio en el gobierno de Lau, el cual era en su época un vasallaje. Vienen a continuación tres grupos de jóvenes de doce a quince años, disfrazados de muchachas y llevados, de tres en tres, sobre andas adornadas.

Y de nuevo los faroles, los parasoles y las banderas del tiempo del deificado, y una charanga ruidosa constituida por dos tantanes, dos címbalos, dos sombreros chinos, dos grandes tambores y varios clarinetes. Después viene una cabalgada de un centenar de niños de cinco a siete años, con trajes antiguos de seda, formando la más graciosa variedad. Entre ellos, algunos que representan mandarines, llevando en lo alto del gorro de ceremonia el globo y el penacho; otro, más pequeños, llevan sobre la cabeza una corona dorada de un fino trabajo, a la cual están sujetas dos hermosas plumas de faisán del Tibet. Todos estos niños son el cortejo de honor del gran santo.

Recuerdan que los preceptos de Confucio recomiendan el perpetuar la familia, y que la esterilidad es un pecado contra la piedad filial, base de toda moral. He aquí ahora una tropa de soldados, los unos a caballo, los otros a pie, seguida de un gran mandarín rodeado de los satélites que le sirven, llevando cada uno de ellos algún signo del Zodíaco esculpido en madera forrada o plateada. Y por fin, viene la gran tablilla del deificado, de madera dorada también, pues, si en las otras fiestas llevan la estatua de los santos, en ésta no se lleva más que la tablilla. Pues, Confucio era físicamente feo, y la ley prohíbe representarle por una imagen exterior.

El más de los mandarines de la ciudad está encargado de la tablilla sagrada, y él mismo ya en un palanquín descubierto que sostienen ocho portadores. Se abriga bajo un palanquín adornado de ricas esculturas. Dos grandes mandarines de uniforme, el uno a la derecha y el otro a la izquierda, sostienen las andas, mientras que en otras fiestas bastan dos bonzos; pero los confucionistas no reconocen esa clase de casi sacerdotes. Dos jóvenes marchan a los lados, balanceando los humeantes incensarios. Y otros diez, todos ellos distinguidos por los grados universitarios, siguen detrás tocando el himno de Confucio en las flautas de bambú. Y la procesión se termina por los notables de la ciudad y todo aquel que haya contribuido a los gastos de esa celebración. Cada uno de ellos lleva en la mano un triple bastón de incienso encendido, que llena el aire de un perfume acre. He ahí esta fiesta, que se repite en abril y en septiembre, pero parcialmente, es decir, sin procesión ni retrato. FUENTE. Extraido de la Revista Ahora No. 23. Segunda quincena de diciembre del año 1961.

 

 

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