BALAGUER: ¿Presidente y síndico del DN en 1972?

NUESTRA HISTORIA RECIENTE:  “El presidente Joaquín Balaguer será el síndico de la capital”. Esta increíble información la hizo el funcionario municipal que sustituyó en esas funciones a Manolín Jiménez Rodríguez cuando acababan destituir a este por conspirar contra el gobierno.
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Con esa sorprendente declaración Estrella Rojas coronó la secuencia sainetesca de la destitución de Jiménez Rodríguez en que se dejaron de lado los miramientos que para tomar una resolución como esa imponían no solamente las leyes, sino también el decoro hasta el punto de permitir que el cuerto legislativo apareciera, salvo contadísimas excepciones, como elenco de actores que se atienen a un libreto dictado desde el Palacio Nacional.

Pero Estrella Rojas llegó a más. Lo dijo abiertamente. Balaguer será el síndico. Eso es, mandará él, y yo vine aquí para eso. Quedó así borrada de golpe, no sólo la autonomía municipal, sino inclusive la ficción de la misma.

Todo empezó al recibirse en la cámara de diputados el 27 de abril la acusación enviada por el presidente Balaguer en que se imputaba al ex síndico Jiménez Rodríguez la comisión de actividades conspirativas consistentes en el intento de sonsacar altos oficiales de las fuerzas armadas para que derrocaran el gobierno e impusieran una junta militar y de lo cual uno de los testimonios mencionados por Balaguer fue el que le ofreció el general de brigada Valdez Hilario.

Lo sainetesco de la destitución no estriba en que la acusación fuese falsa o exagerada, sino en la ligereza con que actuó el Congreso ante imputaciones tan graves. En cuestión de pocas horas quedó resuelta la destitución al pasar en la misma mañana de la cámara de diputados al senado, donde fue sometida a votación y aprobada casi automáticamente, sin siquiera interpelar al síndico para que éste pudiera defenderse.

LA SUMISA AQUIESCENCIA legislativa se puso más claramente de relieve por la circunstancia de que la acusación enviada por el Poder Ejecutivo llegó a las cámaras sin el acompañamiento de pruebas que confirmaran la imputación o que permitieran a los legisladores estar a la hora de votar, convencidos, por juicio propio, de la veracidad de lo que se les informaba. No tuvieron más remedio que esgrimir el impropio alegato de que el presidente de la República, según dijeron, tiene fe pública. Y entonces, resultó peor, ya que eso equivalía a confesar que debían obediencia al Poder Ejecutivo. De ese modo, al igual que el nuevo síndico borraría poco después la autonomía municipal, éstos borraron la separación e independencia e los poderes públicos.

Todo esto ha provocado el pertinente rechazo de la opinión publica a ligerezas tan escandalosas, y ha dado lugar a que se denuncie, entre otras cosas, la violación perpetrada por el Congreso al principio constitucional que estatuye que nadie puede ser juzgado sin haber sido oído, inciso J del artículo 8 de la Constitución.

Este es uno los aspectos del asunto, pero hay otro. ¿Cuál fue el papel desempeñado por Manolín desde la sindicatura y lo que decidió la aparatosa destitución? Este parece ser, en este caso, el lado oculto de la Luna, a casusa de la restricción informativa que ha aplicado el gobierno por motivos, según explicó, de seguridad pública.

La falta de una información pormenorizada mantenía a la población, por lo menos hasta el día de escribir esta crónica, en situación muy parecida a la de los legisladores. Sobre todo, porque el propio presidente Balaguer incurrió en contradicciones en la rueda de prensa que tuvo lugar en el Palacio de gobierno el 28 de abril. Primero admitió que había militares en la trama golpista, pero momentos después se retractó de lo que había afirmado.

Parece más lógica, sin embargo, la opinión que al respecto había expresado el jefe de la policía, Nivar Seijas, al considerar que sólo un loco podría dedicarse a conspirar sin contar con algún respaldo castrense. Resulta claro, pues, si Manolín se proponía, como lo afirmó Balaguer en la acusación enviada al Congreso, establecer una junta militar, debió estar confabulado con algunos militares.

Pero estas deducciones que toman por punto de partida el texto de la citada acusación, conducen rápidamente a un callejón sin salida y es imposible pasar más allá de lo ya dicho. Queda, sin embargo, otra vía más productiva para examinar el problema, abordándolo por un costado diferente. FUENTE. Extraido de la Revista Ahora de fecha 8 de mayo del año 1972

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